Por qué hoy es tan difícil —y tan necesario— crear
Vivimos en una época dominada por el consumo. Pantallas que invitan a seguir deslizando, contenidos que se suceden sin pausa, distracciones constantes. Consumir es fácil; crear exige esfuerzo, atención y tiempo. Para quienes desean escribir, esta diferencia se vuelve especialmente evidente: leer y mirar es inmediato, sentarse a escribir no lo es.
Aunque parezca un problema moderno, no lo es. Ya lo había comprendido J. R. R. Tolkien, que advirtió sobre el riesgo de reducirnos a simples consumidores del mundo. Para él, el ser humano no está hecho para limitarse a recibir la realidad, sino para darle forma.
Desde su fe cristiana, Tolkien desarrolló la idea de la «subcreación»: una visión de la creatividad humana que va mucho más allá de una teoría literaria y que ofrece una clave profunda para entender por qué escribir importa, incluso —o sobre todo— cuando parece inútil o invisible.
La subcreación: escribir como participación en el mundo


Tolkien introdujo el término «subcreación» en su conferencia de 1939 On Fairy-Stories. Allí defendía que contar historias —y, por extensión, toda forma de creación— no es una evasión de la verdad, sino una de sus expresiones más auténticas.
Para Tolkien, Dios es el Creador último, y el ser humano, hecho a su imagen, está llamado a crear. De ahí su afirmación: «We make because we are made, and not only made, but made in the image and likeness of a Maker». Crear no es un capricho estético, sino una forma de responder a lo que somos.
Aplicado a la escritura, esto significa que la imaginación tiene un propósito. No sirve solo para expresarnos, sino para relacionarnos de manera más plena con la realidad. Escribir deja de ser una distracción y se convierte en una forma de atención profunda al mundo.

Desde esta perspectiva, la subcreación no es ego ni búsqueda de reconocimiento. Es una responsabilidad. Descuidarla no implica solo perder belleza, sino empobrecer aquello que nos hace humanos.
Tolkien como escritor: crear sin garantías
Tolkien no se limitó a escribir historias: construyó mundos enteros. Lenguas, genealogías, mapas y mitologías surgieron en los márgenes de una vida llena de obligaciones como profesor, padre y esposo. Nadie le pidió ese trabajo. No había un público esperándolo. Y aun así, escribió.

Lo hizo porque entendía que sus capacidades —el lenguaje, la narración, la imaginación— no le pertenecían para guardarlas, sino para desarrollarlas y ofrecerlas. Para él, la escritura era una vocación, no un pasatiempo.

Resulta revelador que The Lord of the Rings comenzara como un relato para sus hijos. No nació con la intención de alcanzar fama mundial. Sin embargo, más allá del éxito posterior, el valor principal de la obra fue el efecto que tuvo sobre su autor: escribirla lo transformó.
Aquí aparece una idea clave para quienes desean escribir: el valor de un texto no se mide solo por cuántas personas lo leen. El acto de escribir ya produce un cambio. Exige esfuerzo, paciencia, disciplina y amor por el trabajo bien hecho. Eso, por sí solo, deja huella.
El peligro de no terminar: Leaf by Niggle

En 1945, Tolkien publicó el relato Leaf by Niggle, una alegoría especialmente cercana a la experiencia de cualquier escritor. Narra la historia de Niggle, un pintor obsesionado con un árbol que nunca consigue terminar. Se pierde en los detalles de una sola hoja mientras la obra completa queda inacabada. La vida lo interrumpe, el tiempo se agota, y el cuadro queda incompleto.

Tolkien reconoció que el texto era una especie de confesión personal. El miedo a no concluir, a no estar nunca a la altura de la visión interior, es una tentación habitual en todo creador. La lección es clara: esperar la perfección puede impedir que el trabajo vea la luz. Y una obra que no se entrega no puede servir a otros.

El relato, sin embargo, no es desesperanzador. Tras la muerte de Niggle, el árbol aparece completo, más real de lo que él había imaginado. Lo que no pudo terminar solo no se pierde del todo. Pero la advertencia permanece: no debemos confiar en que otros hagan el trabajo que nos corresponde. Soñar no basta; escribir implica avanzar, línea a línea, hoja a hoja.
El mundo necesita lo que escribes
La subcreación no es solo un asunto personal. Es una necesidad colectiva. En un entorno saturado de ruido, donde la imaginación se empobrece y el sentido se diluye, crear —y escribir en particular— es una forma de resistencia.
No importa si lo que escribes es pequeño ni si llega a pocos lectores. Importa que exista. Cada texto trabajado con cuidado devuelve profundidad al mundo, forma la mirada de quien escribe y ofrece a otros una visión más clara de la realidad.
Para Tolkien, crear era también una forma de alinearse con aquello que da sentido último a la existencia. Pero incluso sin compartir su marco religioso, su mensaje resulta vigente: escribir no es solo expresarse, es comprometerse con el mundo.
Si deseas escribir, no esperes a que desaparezca el ruido ni a tener la obra perfecta en la cabeza. Empieza. Avanza. Termina. Porque el fruto de la escritura no es solo el texto final, sino la persona en la que te conviertes al escribirlo.
Referencias
- https://tolkiengateway.net/wiki/On_Fairy-Stories
Análisis y contexto de la conferencia de Tolkien sobre la subcreación y el valor de los cuentos de hadas. - https://www.cslewis.org/journal/the-meaning-of-leaf-by-niggle/
Comentario en profundidad sobre Leaf by Niggle y su significado para entender la experiencia creativa.



